Without taking a survey, I’d venture to say most Catholics would agree that distraction is their greatest hurdle in prayer. Staying focused—rather than drifting off into mental grocery lists or work projects—is a huge challenge. Throw in the chaos of a busy family or a personal crisis, and the noise becomes overwhelming. Truth be told, I have always struggled with distraction. Early in my seminary training, a priest instructor told my class that prayer shouldn’t just be a time for us to speak; it must also be a time to listen for God’s direction. I was floored. How is anyone supposed to listen for God’s voice amid so many distractions? The Gospel offers a glimpse of the ultimate answer: It comes down to trust and finding calm within the chaos.
In Matthew 14:22–33, the disciples see Jesus walking toward them on the water. Peter calls out, “Lord, if it is you, command me to come to you on the water.” Jesus replies, “Come.” Peter steps out and walks on the water toward Him—until he shifts his focus to the wind and the waves. Distracted by the storm, he begins to sink. In that moment, Peter sees the chaos as having the ultimate power, not Jesus. Relying on his past experience of how dangerous storms can be, his faith wavers. He wonders, “Can Jesus really make this happen? Is He powerful enough?”, forgetting that Jesus was the very one who called him and was guiding him on his way. Like Peter, we often fall into the trap of letting surrounding circumstances dominate our focus, but if we shift our gaze and move forward in trust, we will find that Jesus regularly shows us that He’s “got us” and that He guides us.
Moving on to the idea of finding calm, in 1 Kings 19, Elijah encounters God not in the wind, the earthquake, or the fire, but in a tiny whispering sound. To hear that whisper, Elijah needed time, quiet, and attentiveness. We need the same. Some spiritual guides advise those who pray to bring their distractions into their prayer. Rather than brushing them aside, they advise us to include everything that comes to mind as one stream of thought offered to God. Others suggest creating a special space for silence, prayer, and reflection as a way to keep our focus on Christ and recognize His presence amid life’s storms. Maybe that means turning off the radio while driving to work or waking up ten minutes earlier, before the day begins. Think creatively! When my daughters were young, I preferred washing dishes by hand rather than using the dishwasher. I don’t think my family ever knew, but the warm water and the steady rhythm of the chore became my quiet sanctuary to pray and listen.
Regardless of the method you choose, the key is anchoring your trust in God’s power, presence, and plan. When we intentionally carve out moments of quiet, we make room to hear Christ and follow His direction, even in the middle of the storm. Like Peter, we can all benefit from continually asking ourselves, “How can I silence the chaos to hear Christ?”
Sin necesidad de hacer una encuesta, me atrevería a decir que la mayoría de los católicos coincidirían en que la distracción es el mayor obstáculo en su vida de oración. Mantener la concentración —en lugar de dejar que la mente divague hacia listas de la compra o proyectos laborales— supone un enorme desafío. Si a esto le sumamos el caos de una familia ajetreada o una crisis personal, el ruido se vuelve abrumador. A decir verdad, yo siempre he luchado contra las distracciones. Al principio de mi formación en el seminario, un sacerdote instructor dijo a mi clase que la oración no debía ser solo un momento para hablar, sino también un tiempo para escuchar la dirección de Dios. Me quedé atónito. ¿Cómo se supone que alguien puede escuchar la voz de Dios en medio de tantas distracciones? El Evangelio nos ofrece un atisbo de la respuesta definitiva: todo se reduce a la confianza y a encontrar la calma en medio del caos.
En Mateo 14, 22-33, los discípulos ven a Jesús caminando hacia ellos sobre las aguas. Pedro exclama: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti caminando sobre el agua». Jesús responde: «Ven». Pedro da un paso y camina sobre el agua hacia Él, hasta que desvía su atención hacia el viento y las olas. Distraído por la tormenta, empieza a hundirse. En ese momento, Pedro percibe el caos —y no a Jesús— como aquello que tiene el poder supremo. Al basarse en su experiencia previa sobre lo peligrosas que pueden ser las tormentas, su fe vacila. Se pregunta: «¿Realmente puede Jesús hacer esto? ¿Es lo suficientemente poderoso?», olvidando que fue el propio Jesús quien lo llamó y quien lo guiaba en su camino. Al igual que Pedro, a menudo caemos en la trampa de permitir que las circunstancias que nos rodean dominen nuestra atención; sin embargo, si cambiamos la mirada y avanzamos con confianza, descubriremos que Jesús nos demuestra continuamente que nos sostiene y nos guía.
Pasando a la idea de encontrar la calma, en 1 Reyes 19, Elías se encuentra con Dios no en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en el susurro de una brisa suave. Para escuchar ese susurro, Elías necesitaba tiempo, silencio y atención. Nosotros necesitamos lo mismo. Algunos guías espirituales aconsejan a quienes oran que incorporen sus distracciones a la oración. En lugar de apartarlas, nos sugieren incluir todo lo que nos venga a la mente como un flujo de pensamiento ofrecido a Dios. Otros sugieren crear un espacio especial para el silencio, la oración y la reflexión, como una forma de mantener la mirada puesta en Cristo y reconocer su presencia en medio de las tormentas de la vida. Tal vez esto signifique apagar la radio mientras conduces al trabajo o levantarte diez minutos antes de que comience el día. ¡Usa la creatividad! Cuando mis hijas eran pequeñas, prefería lavar los platos a mano en lugar de usar el lavavajillas. No creo que mi familia lo supiera, pero el agua tibia y el ritmo constante de la tarea se convirtieron en mi tranquilo santuario para orar y escuchar.
Independientemente del método que elijas, la clave está en anclar tu confianza en el poder, la presencia y el plan de Dios. Cuando buscamos intencionalmente momentos de quietud, creamos el espacio necesario para escuchar a Cristo y seguir su guía, incluso en medio de la tormenta. Al igual que Pedro, todos podemos beneficiarnos de preguntarnos continuamente: «¿Cómo puedo silenciar el caos para escuchar a Cristo?».