In this Sunday’s first reading from Jeremiah, one line immediately stood out to me: “All those who were my friends are on the watch for any misstep of mine.” Honestly, I think a lot of us can relate to that feeling.
Sometimes, it feels like people are waiting for us to fail. Maybe it is at work, within friendships or family relationships, or online, where criticism and negativity seem to come more naturally than encouragement. The more visible you are, the more it can feel like every mistake, weakness, or unpopular decision is put under a microscope.
I have experienced that feeling in my own life, especially in leadership and creative roles. Whether in music, design, communication, or when trying new ideas in parish life, I sometimes find myself holding back because I worry about how people will respond—and not because feedback is always bad. Constructive feedback can be healthy and important, but criticism, especially when it feels personal or insensitive, can slowly make us more guarded, more defensive, and less willing to put ourselves out there.
I don’t think this only applies to artists or leaders. Fear of what others might say can stop any of us from speaking up, trying something new, inviting someone to church, sharing our faith, standing up for what is right, or using the gifts God has given us.
That is why Jeremiah’s next line is so important: “But the ʟᴏʀᴅ is with me, like a mighty champion.” Jeremiah reminds us that our confidence should not come from others’ approval. It comes from knowing that God is with us.
Jesus echoes that same message in the Gospel: “Fear no one.” That does not mean criticism will disappear or that difficult people will suddenly become easy to deal with, but it does mean that we cannot allow fear of rejection, embarrassment, or negativity to control our lives.
If we are sincerely trying to do good, serve others, and follow Christ, we should not let others’ opinions keep us from moving forward. So, this week, ask yourself: When do I hold back because of what others might say? And then ask God for the courage to keep going anyway.
En la primera lectura de este domingo, tomada del libro de Jeremías, hubo una frase que me llamó la atención de inmediato: «Todos mis amigos acechan mis pasos esperando que tropiece». Sinceramente, creo que muchos de nosotros podemos identificarnos con ese sentimiento.
A veces, parece que la gente espera a que fracasemos. Quizás ocurra en el trabajo, en las amistades o en las relaciones familiares, o bien en internet, donde la crítica y la negatividad parecen surgir con más naturalidad que el ánimo. Cuanto más visible es uno, más sensación se tiene de que cada error, debilidad o decisión impopular se examina bajo una lupa.
He experimentado esa sensación en mi propia vida, especialmente en roles de liderazgo y creatividad. Ya sea en la música, el diseño, la comunicación o al probar nuevas ideas en la vida parroquial, a veces me contengo por temor a cómo reaccionará la gente; y no porque las opiniones de los demás sean siempre negativas. La crítica constructiva puede ser sana e importante, pero la crítica destructiva —especialmente cuando se percibe como algo personal o insensible— puede llevarnos poco a poco a cerrarnos, a ponernos a la defensiva y a ser menos propensos a exponernos.
No creo que esto afecte únicamente a artistas o líderes. El miedo al qué dirán puede impedirnos a cualquiera de nosotros alzar la voz, probar algo nuevo, invitar a alguien a la iglesia, compartir nuestra fe, defender lo que es justo o poner en práctica los dones que Dios nos ha dado.
Por eso es tan importante la siguiente frase de Jeremías: «Pero el Señor está conmigo, como un guerrero poderoso». Jeremías nos recuerda que nuestra confianza no debe basarse en la aprobación de los demás, sino en saber que Dios está con nosotros.
Jesús reafirma este mismo mensaje en el Evangelio: «No teman a nadie». Esto no significa que las críticas vayan a desaparecer o que de repente sea fácil tratar con personas difíciles; significa, más bien, que no podemos permitir que el miedo al rechazo, a la vergüenza o a la negatividad controle nuestras vidas.
Si intentamos sinceramente hacer el bien, servir a los demás y seguir a Cristo, no debemos dejar que las opiniones ajenas nos impidan avanzar. Así que, esta semana, pregúntate: ¿Cuándo me contengo por miedo a lo que digan los demás? Y luego, pide a Dios la valentía para seguir adelante a pesar de todo.