Connecting Point

Connecting Point: September 20, 2026

When I was in middle school, I remember wishing I had the same talents as another kid on my travel soccer team. He had incredible ball control, always seemed to make the right pass, and scored great goals. Outside of soccer, we were also classmates, and I found myself trying to imitate many of the things he did. I tried to stand like him, answer questions the way he did, and generally carry myself like him, but it didn’t work, obviously, because I wasn’t him. I was me. I was one of the fastest kids and one of the grittiest players on the team. Where he had more flash, I had toughness. Where he brought one set of talents, I brought another. Both were important to our team’s success.

At some point, I needed to stop focusing on what I wasn’t and start recognizing what I was. I needed to replace comparison with gratitude. When I began focusing on the gifts God had given me, rather than wishing I had someone else’s, I found peace.

Today’s Gospel gives us a powerful question from the landowner: “Are you envious because I am generous?” God’s grace is beyond human calculation, and it is not a limited resource. We sometimes look at another person’s life and wonder why they seem to have more, whether it be talent, success, recognition, opportunities, or even blessings. However, someone else’s gifts do not diminish our own.

Every one of us has been given gifts and blessings, whether society values them or not. Our responsibility is to recognize those gifts, be grateful for them, and use them to build God’s Kingdom here on earth. When we become discouraged because someone else appears to have “more” than we do, perhaps the answer isn’t to focus on what we’re missing. Instead, we can pause and take inventory of what we have been given.

As a youth minister, I used to offer young people a simple exercise when they were struggling with their self-worth. I encouraged them to make a list of the people who love them each night before going to bed. The exercise was simple, but it helped them recognize something they could easily overlook: They were surrounded by love.

We can do something similar with the gifts God has given us. Make a list. What are you good at? Who has God placed in your life? What opportunities have you been given? What experiences have shaped you? What strengths do others see in you that you may overlook? Recognizing what we have can free us from constantly comparing ourselves to what others have, restoring the joy comparison steals.

So today, I challenge each of us to look for places in our lives where God is inviting us to replace comparison with gratitude.

Maybe it is in our friendships.
Maybe it is at work.
Maybe it is within our families.
Maybe it is with our neighbors.
Maybe it is simply in the way we see ourselves.

Instead of asking, “Why don’t I have what they have?” perhaps we can begin asking, “What has God given me, and how can I use it for Him?” Gratitude for our gifts and, above all, gratitude for God’s grace can help us let go of comparison, recognize our own blessings, and discover the peace that comes from knowing God has given each of us exactly what we need to play our part in His Kingdom.


Cuando estaba en la escuela secundaria, recuerdo que deseaba tener los mismos talentos que otro chico de mi equipo de fútbol. Él tenía un control del balón increíble, siempre parecía dar el pase acertado y marcaba goles magníficos. Fuera del fútbol también éramos compañeros de clase, y me sorprendía a mí mismo intentando imitar muchas de las cosas que él hacía. Trataba de pararme como él, responder a las preguntas a su manera y, en general, comportarme como él; pero obviamente no funcionaba, porque yo no era él. Yo era yo. Era uno de los chicos más rápidos y uno de los jugadores más tenaces del equipo. Donde él destacaba por su vistosidad, yo lo hacía por mi fortaleza. Donde él aportaba un conjunto de talentos, yo aportaba otro. Ambos eran importantes para el éxito de nuestro equipo.

En cierto momento, tuve que dejar de centrarme en lo que no era y empezar a reconocer lo que sí era. Necesitaba sustituir la comparación por la gratitud. Cuando empecé a centrarme en los dones que Dios me había dado, en lugar de desear los de otra persona, encontré la paz.

El Evangelio de hoy nos plantea una pregunta poderosa del dueño de la viña: «¿Es que tienes envidia porque yo soy generoso?». La gracia de Dios trasciende los cálculos humanos y no es un recurso limitado. A veces observamos la vida de otra persona y nos preguntamos por qué parece tener más —ya sea talento, éxito, reconocimiento, oportunidades o incluso bendiciones—. Sin embargo, los dones de los demás no disminuyen los nuestros.

A cada uno de nosotros se nos han concedido dones y bendiciones, independientemente de si la sociedad los valora o no. Nuestra responsabilidad consiste en reconocer esos dones, agradecerlos y utilizarlos para construir el Reino de Dios aquí en la tierra. Cuando nos desanimamos porque otra persona parece tener «más» que nosotros, tal vez la respuesta no sea centrarnos en lo que nos falta. En su lugar, podemos hacer una pausa y valorar todo lo que hemos recibido.

Como responsable de pastoral juvenil, solía proponer a los jóvenes un ejercicio sencillo cuando tenían dificultades con su autoestima. Les animaba a hacer una lista de las personas que los querían cada noche antes de acostarse. El ejercicio era simple, pero les ayudaba a reconocer algo que fácilmente podían pasar por alto: estaban rodeados de amor. Podemos hacer algo similar con los dones que Dios nos ha dado. Haz una lista. ¿En qué eres bueno? ¿A quién ha puesto Dios en tu vida? ¿Qué oportunidades has recibido? ¿Qué experiencias te han moldeado? ¿Qué fortalezas ven los demás en ti que quizás tú pasas por alto? Reconocer lo que tenemos puede liberarnos de compararnos constantemente con lo que otros poseen, restaurando así la alegría que la comparación nos roba.

Por eso, hoy desafío a cada uno de nosotros a buscar aquellos aspectos de nuestra vida donde Dios nos invita a reemplazar la comparación con la gratitud.

Tal vez sea en nuestras amistades.
Tal vez sea en el trabajo.
Tal vez sea en el seno de nuestra familia.
Tal vez sea con nuestros vecinos.
Tal vez sea, simplemente, en la forma en que nos vemos a nosotros mismos.

En lugar de preguntarnos: «¿Por qué no tengo lo que ellos tienen?», quizá podamos empezar a preguntarnos: «¿Qué me ha dado Dios y cómo puedo usarlo para Él?». La gratitud por nuestros dones y, sobre todo, la gratitud por la gracia de Dios pueden ayudarnos a dejar atrás la comparación, a reconocer nuestras propias bendiciones y a descubrir la paz que proviene de saber que Dios nos ha dado a cada uno exactamente lo que necesitamos para desempeñar nuestro papel en Su Reino.