Growing up, my mother often reminded me to “treat others how you want to be treated.” It’s a simple lesson that most of us probably heard in one form or another. Be kind if you want kindness. Be patient if you want patience. Treat people with respect if you expect them to respect you. It sounds easy enough—until someone hurts us.
I find that I am much more aware of the mercy I need than the mercy I am willing to give. When I make a mistake, I know the whole story behind it. I know the difficult day I had, the frustration I was feeling, or what led me to say something regrettable. Naturally, I hope others will be patient and understanding. When someone else disappoints me, however, I rarely know their whole story. Sometimes, all I see is what they did.
At Mass, we recognize our sins and failures and pray, “Lord, have mercy. Christ, have mercy. Lord, have mercy.” We come before God, trusting in His mercy and compassion.
In today’s Gospel, Peter asks Jesus how many times he has to forgive, as though there might eventually be a point when he has done enough. Jesus’ answer shifts the focus away from keeping count to living a life shaped by mercy. The servant in Jesus’ parable receives incredible mercy himself yet almost immediately refuses to extend even a small amount of it to someone else.
Sirach puts the contradiction rather plainly: “Could anyone nourish anger against another and expect healing from the ʟᴏʀᴅ?” It is an uncomfortable question. I know how much I depend on the patience, forgiveness, and compassion of God and others, yet offering that same mercy can be difficult, especially when I feel someone doesn’t deserve it.
Forgiveness does not erase the hurt or mean that trust is instantly restored, but it does challenge me to consider how tightly I am holding onto anger and resentment. If the Lord is “kind and merciful, slow to anger, and rich in compassion” with me, how should that change the way I respond to others?
God’s mercy isn’t meant to stop with us. As we receive it, we are called to pass it on.
All these years later, I find myself returning to my mother’s simple advice: “Treat others how you want to be treated.” Perhaps Jesus is calling me to live those words more deeply. If I depend upon God’s patience, compassion, and forgiveness, am I willing to let someone else experience those same gifts through me?
Durante mi infancia, mi madre solía recordarme que debía «tratar a los demás como quiero ser tratado». Es una lección sencilla que la mayoría de nosotros probablemente hemos escuchado de una forma u otra. Sé amable si quieres amabilidad. Sé paciente si quieres paciencia. Trata a las personas con respeto si esperas que te respeten. Parece fácil… hasta que alguien nos hace daño.
Me doy cuenta de que soy mucho más consciente de la misericordia que necesito que de la que estoy dispuesto a ofrecer. Cuando cometo un error, conozco toda la historia que hay detrás: el día difícil que tuve, la frustración que sentía o lo que me llevó a decir algo de lo que luego me arrepentí. Naturalmente, espero que los demás sean pacientes y comprensivos. Sin embargo, cuando otra persona me decepciona, rara vez conozco toda su historia. A veces, lo único que veo es lo que hizo.
En la Misa, reconocemos nuestros pecados y faltas y rezamos: «Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad». Nos presentamos ante Dios confiando en su misericordia y compasión.
En el Evangelio de hoy, Pedro pregunta a Jesús cuántas veces debe perdonar, como si pudiera llegar un momento en el que ya hubiera hecho suficiente. La respuesta de Jesús desplaza el enfoque: ya no se trata de llevar la cuenta, sino de vivir una vida marcada por la misericordia. El siervo de la parábola de Jesús recibe una misericordia inmensa, pero casi de inmediato se niega a ofrecer ni siquiera una pequeña parte de ella a otra persona.
El libro del Eclesiástico plantea la contradicción con mucha claridad: «¿Podrá alguien guardar rencor a otro y esperar la sanación del Señor?». Es una pregunta incómoda. Sé cuánto dependo de la paciencia, el perdón y la compasión de Dios y de los demás; sin embargo, ofrecer esa misma misericordia puede resultar difícil, especialmente cuando siento que alguien no la merece.
El perdón no borra el dolor ni significa que la confianza se restablezca al instante, pero sí me desafía a reflexionar sobre con cuánta fuerza me aferro a la ira y al resentimiento. Si el Señor es «bondadoso y misericordioso, lento a la ira y rico en compasión» conmigo, ¿cómo debería eso transformar mi manera de responder a los demás?
La misericordia de Dios no está destinada a detenerse en nosotros. Al recibirla, estamos llamados a transmitirla. Tantos años después, me veo volviendo al sencillo consejo de mi madre: «Trata a los demás como quieres que te traten a ti». Quizás Jesús me esté llamando a vivir esas palabras con mayor profundidad. Si dependo de la paciencia, la compasión y el perdón de Dios, ¿estoy dispuesto a permitir que otra persona experimente esos mismos dones a través de mí?